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Director. Kenneth Branagh
Intérpretes. Kenneth Branagh, Nathan Lane, Adrian Lester, Matthew Lillard, Natascha Mcelhone, Alessandro Nivola, Alicia Silverstone, Timothy Spall, Richard Briers, Richard Clifford, Carmen Ejogo, Daniel Hill, Geraldine Mcewan, Emily Mortimer, Anthony O’donnell, Stefania Rocca, Jimmy Yuill.
98 minutos

Inglés



SHAKESPEARE SOBRE BROADWAY

Estamos en 1939. La amenaza de la guerra se cierne sobre Europa. En un imaginario reino de “Navarra”, que resulta ser idéntico a un campus universitario inglés, el Rey Ferdinand (Alessandro Nivola) y sus caballeros, Berowne (Kenneth Branagh), Longaville (Matthew Lillard) y Dumaine (Adrian Lester), hacen el juramento de encerrarse en la Corte y dedicar los siguientes tres años únicamente al estudio (“un festín para la mente, aunque el cuerpo sufra”). Ayunarán un día por semana, y los demás harán una sola comida; dormirán sólo cuatro horas, pero sin bostezar durante el día… y no tendrán ningún contacto con mujeres. Berowne se muestra reticente a tan rigurosos compromisos de ascetismo, y asegura que no podrán mantenerlos. En esto, llega al reino la princesa de Francia (Alicia Silverstone), con sus damas, Rosaline (Natascha McElhone), Maria (Carmen Ejogo) y Katherine (Emily Mortimer). Comienza el enredo

Branagh siempre ha repetido que no quiere que el público se sienta ante Shakespeare como si estuviera “en una iglesia cultural”. Con esta película da otro paso para que nos sintamos en una fiesta… Esta obra de Shakespeare es una de las más oscuras y difíciles de leer, llena de largos parlamentos y abstrusos juegos de palabras. El argumento, en cambio, es liviano y casi no tiene conflicto. Salvo lo de romper el juramento, que ya sabemos lo que va a pasar, cada uno conecta con su cada una desde el principio, y los posteriores enredos (el baile de máscaras, las cartas cambiadas) no tienen mayores consecuencias. Partiendo de ese material, Branagh lleva la acción a los años 30 y convierte la película en un gozoso musical, intercalando grandes canciones clásicas de Cole Porter, George Gershwin, Jerome Kern e Irving Berlin.

Y lo más asombroso es la naturalidad con que las canciones parecen surgir del propio texto de Shakespeare. En el gran monólogo de Berowne sobre el poder del amor, las palabras del bardo dan paso sin fisuras a las letras de “Cheek to Cheek” de Berlin (“Heaven, I’m in Heaven…”). Y el poema enviado por un enamorado en una carta puede muy bien ser la maravillosa “The Way You Look Tonight” (Kern). Como en todos los grandes musicales, cuando las palabras no bastan (aunque sean de Shakespeare), brotan las canciones; cuando caminar no es suficiente, surge el baile. En palabras de Branagh: “Shakespeare habla sobre el amor, y esas canciones también lo hacen, de manera que se me ocurrió experimentar con ellas, ver cómo podían integrarse en el texto de Shakespeare. Al final resultó que se unían a los versos de la obra con mucha más fluidez y soltura de lo que yo esperaba”. (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


Roberto González Miguel

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