Soria de Cine

Tirarse al monte

EXTRAÑA PARÁBOLA POLÍTICA



Productores: Luis Mamerto López Tapia y Ricardo Muñoz Suay

Dirección: Alfonso Ungría 

Argumento y Guion: Alfonso Ungría

Fotografía: Ramón F. Suárez

Música: Carmelo A. Bernaola

Diseño de producción: Modesto Pérez Redondo

Montaje: Roberto Fandiño

Intérpretes: Julieta Serrano, Yelena Samarina, José Renovales, Luis Ciges, Francisco Llinás, Andrés Mejuto, Carlos Otero, Mario Gas, Maxi Martín, Ricardo Lucía, José Vidal, Manuel Pereiro, María Reniu, Carlos Vasallo, Luis Alonso 


Idioma (VOSE): Español

Duración: 102'

SESIÓN 29.11.22

En lo alto de una montaña inhóspita, entre un mísero pueblo, un lago y unas ruinas, malviven unos anónimos y siniestros personajes: Un rijoso hombre desgarbado (Francisco Llinás), una mujer embarazada (Yelena Samarina), que da a luz un niño que crece enseguida para convertirse en un muchacho (José Renovales), un barquero (Andrés Mejuto), que construye un tosco avión para poder volar, un místico que busca la soledad (Luis Ciges) mientras escribe frases poético-apocalípticas, una joven desarraigada (Julieta Serrano), que intenta ejercer la prostitución  para sobrevivir; bajo la estrecha vigilancia de una pareja de la Guardia Civil, uno joven (Mario Gas) y otro de mediana edad (Carlos Otero), que cría a un peligroso basilisco. La difícil convivencia se agrava con la llegada de una pareja de jóvenes, que trastoca ese mundo insólito de unos seres tan peculiares y distintos. Entre el hambre que tienen todos ellos, el inhabitable monte pelado donde se mueven, el agua del lago que atraviesan de vez en cuando y el fuego final, destaca el leve trato con el cacique de la zona y los habitantes del pueblo.

Parece como si después del encierro que supuso El hombre oculto (1971), Ungría hubiera decidido hacer todo lo contrario. Su segunda película se desarrolla íntegramente en exteriores, aunque los personajes sigan viviendo en la reclusión y la marginalidad. Así, insisto, en un paisaje tan agreste que resulta abstracto, una serie de personajes escapan de la sociedad y de los dos representantes del orden que deambulan por allí. Claro, que estos dos tipos -cruce de pareja de la benemérita sin tricornio y guardias forestales- incuban un huevo de basilisco, animal mitológico con forma de reptil de mirada letal y aliento venenoso. Y que la criatura que nace maldita por la mujer que da a luz se convierte inmediatamente en un adulto aquejado por un vértigo metafísico. Por suerte, hay allí un labrador filósofo, que escribe con signos en las rocas. También una mujer entregada sin más al disfrute de la vida. Y un barquero borracho que cruza el lago a algún viajero despistado que no sabe que no va a ninguna parte. Y un homosexual que lleva siempre a su alrededor, como mariposas, los insultos de las gentes de orden…

Algunos llevan su marginación hasta el extremo: el barquero fabrica un aparato volador y se arroja con él al vacío. Otros, aceptan la integración: el homosexual termina alistándose en la Legión. Otros, en fin, asumen como propia la lógica del capitalismo: la mujer en celo permanente se prostituye en la capital chuleada por el joven y ambos convencen a los habitantes del pueblo para que vayan a la ciudad a consumir y a ser explotados sin miramientos, mientras que ellos regresan al pueblo, dueños absolutos de un lugar deshabitado.

Ungría se muestra inmisericorde con el espectador. Las escenas carecen de progresión y la causalidad brilla por su ausencia. Por momentos, se entrega a la pura celebración performativa, como si ante una representación del Living Theatre nos encontráramos. El resultado es una suerte de comedia bárbara valleinclanesca influida por el Glauber Rocha de Cabezas cortadas (1970), película que el brasileño había rodado en España un año antes también con producción de Profilmes.

“En esa relación circunstancial entre unos y otros, el director pretende dar un contenido al conjunto, que se sitúa, como se ha dicho, entre lo apocalíptico, subrayado por la plaga de puntos negros, y lo político,  apoyado en el discurso final durante la teatral muerte del cacique.” (TORRES, Augusto M.: Diccionario Espasa. Cine español, Madrid, 1999 – Espasa Calpe, pág. 814) 

Un relato sobre los marginados a los que las sociedades rurales obligan a “tirarse al monte”.

Tras el éxito en la Mostra de Venecia de la claustrofóbica El hombre oculto (1970), su primera película y antes de conocerse su fracaso comercial en España, el guionista y director Alfonso Ungría hace con similar libertad y falta de dinero esta especie de parábola política vacía de contenido directo. A pesar de la clara autocensura con que está concebida para evitar posibles problemas, desde unos guardias civiles que no llevan el uniforme reglamentario, hasta unos desnudos en los que se tiene buen cuidado de que no se vea ninguna parte significativa del cuerpo, la censura del régimen del general Franco, en buena medida temerosa de que, al igual que ocurrió con su película anterior, tenga un contenido político que se le escape y que solo sea descubierto en el extranjero, exige casi media hora de cortes, que ni el director, ni los productores aceptan, lo que supone que no se estrene.

Si El hombre oculto, críptica historia con referencias a la Guerra Civil y resonancias a Kafka, Carroll, Buñuel y Bresson, que tuvo problemas con la censura y levantó cierta polémica en el Festival de Venecia, Tirarse al monte presenta poéticamente una galería de personajes que eligen la vía de la lucha partisana, lo que ya directamente impidió su estreno comercial en ese momento del tardofranquismo.

 Tirarse al monte, íntegramente rodada en exteriores, a pesar de no ser más que la otra cara de la misma moneda (El hombre oculto), es prohibida. Inicialmente fue paralizada por la censura por su argumento (político) y algunas escenas de desnudos y sexo. Prueba evidente de su peculiar éxito es que en una época en que no se publican guiones en España, Ungría edita Los hombres ocultos (1972), libro integrado por un prólogo de Ricardo Muñoz Suay, un conocido hombre oculto, un dossier de prensa sobre el tema y el guion de la película” (M. TORRES, Augusto: Directores españoles malditos, Huerga y Fierro Editores, Madrid – 2004, págs. 353-54).

Los films renovadores, como estos dos primeros de Alfonso Ungría, se hacen cada vez más raros y ante el descalabro general económico y artístico, los creadores o se comercializan o convierten su producción en arriesgada aventura financiera.

La película está rodada en escenarios naturales de Madrid, Guadalajara y principalmente Soria. El coproductor Luis Mamerto López Tapia volvió a Soria en 1976 como guionista y director de Soria y Antonio Machado, una interesante obra, muy original, sobre nuestro gran poeta, con localizaciones en muy diversos puntos de la provincia.

Acerca de los dos primeros largometrajes de Alfonso Ungría, comentaron en su momento Joaquín Romaguera y Lorenzo Soler que “no nos cabe la menor duda de la valía en sus dos primeras obras, de temática arraiga da en la realidad española, las cuales han sufrido y sufren no sólo los rigores de una Censura  dogmática e intransigente, sino los de una industria encorsetada y sin apoyo, habremos de creer una vez más que las altas esferas del cine español poco les importa ya el cine de calidad competitivo, sino posibilitar la incorporación de jóvenes valores que lo revitalicen. Su paso al engranaje de RTVE es una solución temporal de supervivencia que no debería ser la única ni alargarse en demasía.” (ROMAGUERA, Joaquín y SOLER, Lorenzo: Historia crítica y documentada  del cine independiente en España. 1955-1975. Laertes de Ediciones, Barcelona – 2006, pág. 411)

Alfonso Ungría es un cineasta con una de esas carreras irregulares demasiado frecuentes en el cine español. Junto a obras muy personales como Tirarse al monte (1971) o Gulliver (1976), ha rodado proyectos ambiciosos (La conquista de Albania, 1984) y trabajos para televisión ciertamente deficientes (Gatos en el tejado y Hasta luego, cocodrilo). Tras un paréntesis de diez años volvió al cine en 1996, que hizo concebir esperanzas sobre una línea de trabajo que ha de ser fructífera tanto para Ungría como para lo que el cine español puede aportar. Y ello siendo muy conscientes de que los resultados de África están muy por debajo de las pretensiones, aunque estamos ante una de sus mejores películas, una historia juvenil ambientada en el madrileño barrio obrero de San Blas. Esa línea no es otra que el realismo muy capaz de unir las descripciones sociológicas con elementos dramáticos y aun trágicos y que tiene toda una tradición en el arte español. 

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