Soria de Cine

¡Es grande ser joven!

Cuando el instituto de Soria quiso ser un colegio inglés



Director: Cyril Frankel

Historia original y Guion: Ted Willis

Fotografía: Gilbert Taylor

Música incidental: Ray Martin

Director musical: Louis Levy

Dirección artística: Robert Jones

Montaje: Max Benedict

Coreografía: Diana Billings

Vestuario, peluquería, maquillaje: Kenneth Mackay, Jane Seymour

Intérpretes: John Mills, Cecil Parker, John Salew, Elizabeth Kentish, Mona Washbourne, Mary Merrall, Derek Blomfield, Jeremy Spenser, Dorothy Bromiley, Brian Smith, Wilfred Downing, Robert Dickens, Dawson France, Carole Shelley, Richard O’Sullivan, Norman Pierce, Eleanor Summerfield, Bryan Forbes, Marjorie Rhodes, Eddie Byrne, Russell Waters, Joan Benha


Idioma (VOSE): Inglés

Duración: 98'

Sesión 23.11.21

El apenas conocido Cyril Frankel dirigió a mediados de los años cincuenta del siglo pasado una comedia  juvenil y musical típicamente británica, que dejó huella allá donde se proyectó.

Mr. Dingle es el profesor más tolerante y querido de la escuela secundaria donde enseña. Aunque su asignatura es la Historia, como es un entusiasta de la música, dirige también la orquesta del colegio. Ni en una ni en la otra faceta sus métodos pedagógicos son los convencionales, algo que no es del agrado del nuevo director, el severo Sr. Frome. Cuando éste descubre que Dingle va a comprar nuevos instrumentos para el centro con la ayuda de sus alumnos y tocando el piano en un pub, tiene la excusa perfecta para despedirlo, pero al hacerlo provocará una reacción inesperada en los alumnos, que iban a participar en un inminente festival de música…

Es grande ser joven fue una de las diez películas más vistas en la taquilla británica en 1956. Dirigida por Cyril Frankel, cuenta con una excelente interpretación de John Mills como el melómano y excéntrico profesor Dingle, y con Cecil Parker dándole la réplica en el personaje del estricto director Frome. Su emotivo guion ha sido adaptado en varias ocasiones posteriores (Rebelión en las aulas, El Club de los Poetas Muertos, Escuela de Rock…), pero, sin duda, esta genuina obra británica conserva, después de sesenta y cinco años, un gran encanto por su originalidad, gracia y simpatía.

En los años cincuenta, la mayoría oíamos la radio, porque aún no había llegado a nuestras casas la televisión (en Soria no se pudo ver hasta entrados los sesenta), y una de las canciones que se repetían era Cuerdas que marchan, interpretada por Ray Martin y su orquesta, uno de los temas que se escuchan en Es grande ser joven. Se me quedó grabada y me emocionó cuando sonó en la película. Música y película que recuerdo con una agradable sensación de lo que me gustó, me divertí y disfruté, porque sus protagonistas eran como yo, unos muchachos que estaban o empezaban los estudios secundarios -entonces en nuestro país había un bachillerato elemental y otro superior (el primero se iniciaba con diez u once años).

En esa época el cine inglés se proyectaba en todas las pantallas españolas conviviendo armoniosamente con el norteamericano, el español, el italiano, el francés y el alemán. La cartelera era bastante más variada que en la actualidad y, sobre todo, no se encontraba aún bajo el completo predominio de Hollywood.

De Inglaterra solían llegar, entre otros géneros, magníficas comedias con ese especial humor británico tan peculiar, que los chicos casi saboreábamos igual que los adultos (Los apuros de un pequeño tren, Genoveva). La que ahora nos ocupa presenta nada menos que una rebelión estudiantil en un colegio inglés, cuyos alumnos se echan a la calle contra un director intransigente hasta hacerle claudicar de su actitud (colegio y situación que suponía la envidia de los escolares españoles). Dentro de la sencillez e ingenuidad de tales actitudes, resultaban unas imágenes estimulantes y muy divertidas. Nosotros nos identificábamos plenamente con lo que veíamos en la pantalla. Es más, a pesar de haber transcurrido más de medio siglo, el film conserva su vitalidad, su alegría, la de unos chicos que entran en la adolescencia y la juventud.

Vista con la perspectiva de entonces -los años cincuenta del siglo pasado-, la película difundía unos valores que se querían inspirar en una sociedad que se recuperaba todavía de la Segunda Guerra Mundial, y aunque las situaciones que retraba no fueran tal y como la misma realidad británica del momento, conmovía ver a un director de colegio que podía reconocer sus equivocaciones; a un profesor que es no sólo apreciado sino respetado por sus educandos; a unos jóvenes que consideraban signo de rebeldía interpretar música de jazz además de la clásica, o a una muchacha que consulta con un profesor lo que se siente al enamorarse.

Hoy resultan impensables la mayoría de esas vivencias. Se imaginan a un director reconocer que ha complicado los problemas en lugar de arreglarlos, y el respeto no es la conducta más habitual entre estudiantes. Pero lo más seguro es que si una adolescente consulta a su tutor sea acerca de medios anti-conceptivos o de un lugar donde abortar sin que se enteren sus padres. Y en pocos centros se da importancia a la música como en el colegio inglés que retrata la película. Tampoco es frecuente que la diversión de un menor en el fin de semana sea leer o aprender a tocar un instrumento musical, más bien se centre en consumir alcohol reunido con sus “colegas” en un “botellón”. La realidad ha cambiado, y mucho. Con el tiempo han desaparecido la inocencia y la ilusión. Quizá también porque una mayoría va a tener un futuro incierto.

Desde que mis padres me llevaron por primera vez al cine, cuando tenía unos cuatro años, ha sido una de mis grandes pasiones. Entonces -hablo de aquellos primeros años cincuenta- apenas había otro espectáculo los fines de semana. Íbamos al Cine Ideal o al Avenida a la sesión de las cinco de la tarde. Veía películas de aventuras exóticas en África o la India, de guerras coloniales, del Oeste (entonces las llamábamos de “indios”), de gestas medievales o del mundo antiguo, y comedias, como la que comento ahora, e incluso algún que otro dramón. Se puede decir que unas y otras de esas cintas contribuyeron a mi formación, y a la de tantos niños como yo, casi lo mismo que las muchas horas de colegio. Aprendimos historia, geografía… y, sobre todo, vida (en otros).

Ver de nuevo, después de tantos años, Es grande ser joven, me ha hecho volver la vista hacia atrás y reflexionar sobre aquella primera etapa de la vida y aquel cine de la infancia. Pero, llegados a este momento cabe preguntarse por qué traigo a colación este título y qué relación tiene una película típicamente inglesa con Soria.

Es grande ser joven se estrenó en España dos años después de su realización, en 1958. Algo más tarde llegó al Cine Avenida de nuestra ciudad. La vio muchísimo público -era tolerada para menores- y gustó a todo tipo de espectadores. Entre ellos estaban doña Manuela Pita, catedrática de Lengua y Literatura del entonces Instituto Nacional de Enseñanza Media (único en la provincia y aún sin nombre propio), don Carlos Beceiro, su marido y profesor de la misma asignatura, y la hija de ambos. También a ellos entusiasmó la película, que trataba un tema -la enseñanza- que les tocaba muy de cerca. En 1960, al trasladarse fuera de Soria su director, D. Alejandro Navarro, fue nombrada doña Manuela para sustituirle. Al asumir el cargo, tomó la decisión de dotar a los alumnos del Instituto de un uniforme, que hasta entonces no tenían, supongo que con la aprobación del claustro de profesores (algunos de ellos magníficos profesionales de la enseñanza y excelentes personas). Y lo copió tal cual del que llevaban los estudiantes del colegio inglés de la película. Así, durante unos años, todos los jóvenes del INEM de Soria lucimos chaqueta de color teja con el escudo bordado en el bolsillo de arriba (*), pantalón gris (las chicas falda), camisa blanca y corbata azul celeste. Íbamos elegantes, como unos chicos “british”. Sin embargo, duró poco, apenas dos o tres años. Cuando Manuela Pita y Carlos Beceiro regresaron a su tierra, Galicia, el nuevo director, D. Octavio Nieto, suprimió el uniforme.

(*) El escudo del hoy IES Machado y en mi época de estudiante de bachillerato  Instituto Nacional de Enseñanza Media (antes había tenido otros nombres), está tomado del elegido por el obispo Pedro Álvarez de Acosta, fundador de la Universidad de Santa Catalina de El Burgo de Osma (siglo XVI), dado que, primero, el colegio de los jesuitas de Soria y, después, el actual centro de enseñanza secundaria se consideran herederos o sucesores de aquella universidad. El escudo consta de dos cuarteles, en el de la izquierda aparecen cinco costillas orientadas horizontalmente y en el de la derecha la rueda de martirio de Sta. Catalina. Lo curioso es que se han invertido los cuarteles, pues en el escudo original del obispo Acosta figuran justo al revés.

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