Pantalla Grande

Las niñas bien

Los ricos también lloran



Directora: Alejandra Márquez Abella

Producción: Luxbox, Cinépolis Distribución y Woo Films

Guión: Alejandra Márquez Abella basado en los personajes de Guadalupe Loaeza

Fotografía: Dariela Ludlow

Música: Tomás Barreiro

Montaje: Miguel Scheverdfinger

Intérpretes: Ilse Salas, Casandra Ciangherotti, Paulina Gaitán, Flavio Medina, Johanna Murillo, Azul Alenka, Rebecca de Alba


Idioma (VOSE): Español

Duración: 95'

SESIÓN 26.04.23

Los ricos también lloran. Esa es la dura y triste realidad de Sofía de Garay, la más elegante, la más envidiada de la ‘jet set’ mexicana del año 1982. Su vida parece sacada de una revista del corazón. Goza de acomodada posición social y económica, así como de una sólida relación con su esposo, un reputado empresario. Y está contenta porque para su fiesta de cumpleaños, uno de los acontecimientos sociales de la temporada, va a lucir un impresionante vestido color marfil que compró en Nueva York (siempre adquiere sus trajes de noche y de fiesta en el extranjero para que nadie pueda copiar su modelo), la casa está preciosa y todos la miran con admiración. Pero, ay, ella sueña con que entre los invitados se encuentre Julio Iglesias… que la tome de la mano, que la diga que la ama, “que me lleve con él a España”, a las islas Baleares, al Corte Inglés…. Sin embargo, la pobre Sofía de Garay no es consciente de que una supuestamente anodina noticia en la radio (“El valor del dólar vuelve a subir. Noticia devastadora para la economía mexicana…”) va a hacer que pronto su mundo verdaderamente se tambalee y, además, en los lugares donde despliega todo el poder de su ‘reinado’ como la Preysler de Ciudad de México: el club de tenis y las tiendas más exclusivas.  

Alejandra Márquez Abella construye en ‘Las niñas bien’ un contundente relato sobre la vacuidad, la frivolidad y la vida ‘regalada’ no exenta de crítica, pero también (y eso es lo verdaderamente interesante) de cierta empatía y admiración hacia el personaje protagonista (una soberbia Ilse Salas) hasta el punto de desear, como espectadores, que su desesperado plan para volver a ocupar el trono social salga bien. Porque de eso va también ‘Las niñas bien’, de esas tretas, envidias y argucias por mantener la influencia social y, por supuesto, su gran sueño de conocer e iniciar un romance con Julio Iglesias. Prisionera casi en un palacio en el que el servicio ha huido en desbandada, sin tarjetas de crédito y convertida en el foco de los más hirientes cotilleos, Sofía de Garay se ha transformado, en una bonita correspondencia con el celebrado filme de ‘Parásitos’ del coreano Bong Joon-ho, en la heroína de esta historia que luchará con todas sus fuerzas y todo su ingenio (desplegando su glamur y elegancia de su fondo de armario, por supuesto) por acomodarse a los nuevos tiempos, una especie de paso atrás para coger de nuevo impulso en tiempos de cambio. Porque para ella sólo hay una verdad absoluta en la que ha sido criada toda su vida: “Todas queremos vivir como princesas”.

En realidad, parte del éxito con el que Alejandra Márquez Abella construye  esa especial relación de empatía del público con Sofía se debe a una casi imperceptible pero incisiva crítica de la sociedad de aquella época en la que, como el personaje de Daisy de ‘El gran Gatsby’ de Francis Scott Fitzgerald, las mujeres son conscientes de que deben ser muy guapas y muy tontas para no sufrir en un mundo en el que son relegadas a un mero papel decorativo.  

“Reconozco que cuando me propusieron el proyecto estaba llena de prejuicios”, afirma la directora del filme, “Me decía: “qué me importa a mí ese mundo de frivolidad. Pero después me di cuenta de que también se tiene que contar esa otra parte para que entendamos mejor el mundo de forma global. Aquí se trataba de hablar de poder, de dinero y qué ocurre cuando ese dinero y ese poder se pierden”, recalca.

“Quería hablar de cómo ni siquiera las mujeres que están cerca de los poderosos son poderosas y cómo ellas intentan gestionar ese vacío a través de elementos superficiales y banales como la ropa, los eventos sociales… Quieren ser eternamente niñas para no tener que ocuparse de nada”, agrega  esta cineasta forjada en el Centro de Estudios Cinematográficos de Barcelona.

De ahí, quizá, ese amor a los detalles que Márquez Abella despliega con mimo en esta película de perfecta sintaxis cinematográfica en la que incluso los efectos personales cuentan mucho de los personajes. “Esas mujeres se comunican a través de los objetos. El peinado, las uñas, la ropa dicen cosas sobre ellas, pero no sabes qué están pensando en realidad”, destaca la directora mexicana.

Todo ese mundo de blusas, vestidos y bolsos, de gafas de sol, anillos y otras joyas, muchas veces mostrados en primerísimos primeros planos, hacen ver de forma mucha más clara cómo toda esa ‘Casa de muñecas’, poco a poco, se resquebraja y encuentra su más irónico contrapunto en la gran Sofía de Garay recogiendo agua de la piscina climatizada con un cubo para ducharse porque las conducciones de agua no funcionan.

Como la propia canción de (por supuesto, Julio Iglesias) “de tanto ocultar la verdad con mentiras, me engañé sin saber que era yo quien perdía…”.

¿Pero estamos ante una nueva Sofía de Garay? ¿Una dispuesta a tomar las riendas de su vida, incluso haciendo concesiones a lo que siempre ha considerado socialmente como el epítome de lo vulgar? Recuperar su trono bien lo merece.

Lo que no es nada vulgar, sino todo lo contrario, es el exquisito trabajo de realización de Márquez Abella sustentado claramente en una muy trabajada dirección de arte que recrea con esmero esos años del capitalismo feroz de los años 80 con la nostálgica complicidad de una dirección de fotografía que recrea a la perfección la coloración de las fotos que nos han llegado de aquella época.

Sin duda, ‘Las niñas bien’ es uno de esos filmes que se saborean con gusto, que hacen pensar y que dan pie a muy diversas interpretaciones, tantas como espectadores. Lo bonito es dejarse llevar, coger la mano que nos tiende el seductor Julio Iglesias y, por qué no, aceptar su propuesta de vivir la ‘dolce far niente’ sin complejos.

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