Pantalla Grande

Benedetta

Escándalo en el convento



Dirección: Paul Verhoeven

Guion: David Birke, Paul Verhoeven

Fotografía: Jeanne Lapoirie (Color / 2.39:1)

Música: Anne Dudley

Montaje: Job Ter Burg

Diseño de producción: Katia Wyszkop

Dirección artística: Eric Bourges

Diseño de vestuario: Pierre-Jean Larroque

Productores: Saïd Ben Saïd, Michel Merkt, Jérôme Seydoux

Intérpretes: Virginie Efira, Charlotte Rampling, Daphné Patakia, Lambert Wilson, Olivier Rabourdin, Louise Chevillotte, Hervé Pierre, Clotilde Courau, David Clavel, Guilaine Londez, Gaëlle Geantet, Justine Bachelet, Lauriane Riquet, Elena Plonka, Héloïse Bresc, Jonathan Couzinié, Vinciane Millereau


Idioma (VOSE): Francés

Duración: 126'

SESIÓN A 24.11.21

Sesión B 01.12.21

Criada en el seno de una familia de clase media, Benedetta Carlini nació en Vellano, pueblecito perteneciente a la localidad de Pescia, al norte de Italia, en 1591. A fin de asegurar a su hija un futuro acomodado, como era costumbre en la época sus padres reunieron una apreciable dote para que fuera admitida como novicia en el exclusivo Convento della madre di Dio, situado en la misma Pescia. Tras varios sucesos inexplicables, atribuidos por sus compañeras religiosas a la profunda conexión que la recién llegada mantenía con el Señor, así como debido a su prominente personalidad, sor Benedetta fue nombrada abadesa de la congregación a la pronta edad de treinta años. Sin embargo, una serie de visiones recurrentes en las que varios hombres trataban de matarla hicieron recaer sobre ella la sospecha de que era víctima de una posesión demoníaca, lo que la impidió desarrollar su cargo con la deseable placidez. Confinada en su celda junto a la jovencísima hermana Bartolomea, asistente encargada de aliviar su sufrimiento, la abadesa dejó de experimentar las visiones más horribles, que fueron sustituidas por manifestaciones y experiencias místicas mucho más placenteras. Esto hizo que su popularidad traspasara las paredes del convento y llegara a oídos del Papa, en aquellos momentos inmerso en la consolidación de la Contrarreforma y, por lo tanto, muy atento a cualquier suceso que pudiera dañar o beneficiar la imagen de la Iglesia católica. Como consecuencia del escrutinio a que fueron sometidas Benedetta y Bartolomea por parte del alto clero, quedó al descubierto la relación lésbica que ambas mantenían entre los muros del convento durante sus celebradas revelaciones, lo que hizo que la sospecha de herejía —con las fatales consecuencias que tal dictamen podría acarrear a las dos religiosas— intoxicara la presunta santidad de sus visiones. Lo cierto es que aun hoy, a pesar de la claridad e inocencia con que sor Bartolomea se expresó durante los interrogatorios —cuyas actas han sobrevivido hasta nuestros días dejando evidencia, según dicen quienes las han podido consultar, del pulso tembloroso con que fueron transcritas las partes más escabrosas—, persiste la duda de si tales encuentros sexuales obedecían a la mera materialización de un deseo físico derivado de un amor terrenal, o toda esa carnalidad era provocada, igual que sucede con los estigmas que brotan de manera espontánea, por el misticismo exacerbado que experimentaba la pareja durante las epifanías.

La atracción del holandés Paul Verhoeven hacia la religión es bien conocida por todos los que han seguido su obra con regularidad, aunque este interés no surja desde la perspectiva devota de un creyente, sino como consecuencia de la visión nihilista que el cineasta posee del ser humano, y que, película tras película, ha edificado a través del estudio de determinados pilares de nuestra cultura. Antes que como una cuestión trascendente o redentora, el sentido religioso aparece en el cine de Verhoeven como una vía para profundizar en las miserias humanas, ya que equipara la fe a algún tipo de alienación que impide ver el mundo tal cual es, y que, por lo tanto, conduce a comportamientos obsesivos, anómalos, autodestructivos y dañinos para con el prójimo; o, en el mejor de los casos, la presenta como una forma de sometimiento, unas veces rindiéndose a la fatalidad del destino, otras a la voluntad de quien sabe cómo sacar provecho de las debilidades ajenas. Hasta la fecha, de entre toda su filmografía quizá fuera El cuarto hombre el título donde la simbología cristiana había sido utilizada con un mayor desparpajo —para algunos, de manera irreverente y blasfema—, contribuyendo a forjar uno de los largometrajes más prestigiosos en la carrera del cineasta que, no en vano, mantiene significativas equivalencias con Benedetta. En aquella ocasión, el protagonismo recaía sobre un escritor, creyente compulsivo, alcoholizado y homosexual, acosado por delirios alucinatorios en los que la Virgen María trataba de advertirle de una serie de peligros, mientras un atractivo Cristo en la cruz, ataviado con un apretado slip rojo, despertaba sus instintos más lascivos. Ahora, casi cuarenta años después de que Verhoeven ganara el Premio Especial del Jurado en el Festival de Avoriaz, descubrimos que las religiosas protagonistas de su última película no se encuentran muy alejadas de aquel torturado personaje interpretado por Jeroen Krabbé, pues, también aquí, las manifestaciones de índole sexual se confunden con el éxtasis espiritual, o, quizá, cohabiten con éste en perturbadora simbiosis.

Aunque el interés de Verhoeven por la trascendencia religiosa y sus diversas implicaciones parece rigurosamente histórico, como atestigua la publicación en 2007 de su libro Jezus van Nazaret (editado en España por Edhasa en 2016 como Jesús de Nazaret), biografía del hijo de José y María centrada en la importancia social y política del personaje por encima de cualquier consideración ultraterrena o espiritual, no puede obviarse la mirada crítica y profundamente subversiva que siempre ha mantenido ante las creencias de esta índole. El proyecto de Benedetta comenzó a fraguarse nada más terminar el rodaje de Elle, auspiciado por el mismo productor, el independiente Saïd Ben Saïd, quien en un principio anunció que el prestigioso Jean-Claude Carrière se encontraba desarrollando un guion que transcurría en un monasterio durante el Medievo. Tras confirmar que Paul Verhoeven iba a hacerse cargo del film, Carrière fue sustituido por Gerard Soeteman, escritor de toda la filmografía holandesa del cineasta, desvelándose entonces que se trataba de una adaptación del libro Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy, escrito en 1986 por la historiadora estadounidense Judith C. Brown a partir de hechos reales (edición española a cargo de Crítica en 1989 como Afectos vergonzosos – Sor Benedetta: entre santa y lesbiana). Sin embargo, los intereses de Soeteman, más preocupado por la elaboración de un fresco histórico que por indagar en los aspectos de mayor morbo detallados en el libro, chocaron con las intenciones abiertamente provocativas de Verhoeven, quien decidió sustituirlo por David Birke después de su satisfactoria colaboración en Elle. Con la habitual solidez narrativa del director, apoyado en una ambientación soberbia que subraya su característico realismo crudo, y a través de un recital magnífico del elenco en pleno —mención especial merece Virginie Efira, sobre la que recae todo el peso dramático del film, a quien, en una nueva burla del director, ya pudimos ver en Elle como la inmaculada vecina de al lado, creyente convencida más allá del deber—, Benedetta puede atraer o repeler con idéntica intensidad, como siempre sucede en el cine de este gran provocador que es Paul Verhoeven. Nos encontramos ante un film que, sin duda, generará debate, enfrentará opiniones, escandalizará y fascinará… Lo que viene siendo “cine necesario”, aunque no por su empeño en abordar temas social o humanamente trascendentes (que quizá también los toque), sino por ir a la contra del pensamiento unidimensional en unos tiempos en los que todo tiende a aplanarse y uniformizarse. Afortunadamente, el díscolo Verhoeven nunca se ha autocensurado para congraciarse con los amantes del “buen gusto” —concepto abstracto y subjetivo donde los haya, sumamente peligroso para el arte (y la cultura en general), definido por Picasso como el peor enemigo de la creatividad—, y, por lo que se ve, a estas alturas (83 años cumplidos el pasado julio) no parece que esté dispuesto a dejarse domesticar. 

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