Pantalla Grande

Ane

Retrato de familia con kale borroka al fondo



Dirección: David Pérez Sañudo

Guion: David Pérez Sañudo, Marina Parés

Fotografía: Víctor Benavides Olazábal (Color / 2.39:1)

Música: Jorge Granda

Montaje: Lluis Murúa

Dirección artística: Izaskun Urkijo

Diseño de vestuario: Elixabet Núñez

Productores: Agustín Delgado, David Pérez Sañudo, Elena Maeso

Intérpretes: Patricia López Arnaiz, Jone Laspiur, Mikel Losada, Aia Kruse, Luis Callejo, Lorea Ibarra, Nagore Aranburu, Iñaki Ardanaz, Erik Probanza, Miren Gaztañaga, Fernando Albizu, Ane Pikaza, Karmele Larrinaga


Idioma (VOSE): Euskera

Duración: 100'

SESIÓN A 09.03.22

Sesión B 16.03.22

Los sucesos narrados en este admirable primer largometraje del bilbaíno David Pérez Sañudo transcurren entre Vitoria y el sur de Francia durante el año 2009. La fecha y la zona geográfica no han sido elegidos al azar, pues, aunque la película pueda reducirse fácilmente a las hechuras de un drama intemporal en torno a las complicadas relaciones entre una madre y su hija, el contexto de la sociedad vasca durante esos años se ofrece como un marco idóneo para tratar de comprender el díscolo comportamiento de la adolescente. Para situarnos adecuadamente, cabe recordar que en 2009 ya se encontraban en pleno funcionamiento las obras ferroviarias destinadas a enlazar las tres capitales vascas mediante un tren de altas prestaciones, permitiendo, además, una conexión directa con la capital de España, así como el acceso a la línea de alta velocidad francesa. Un proyecto de gran envergadura para cuya financiación el Ministerio de Fomento llegó a un controvertido acuerdo en 2006 con el Departamento de Transportes y Obras Públicas del Gobierno Vasco. El consiguiente rechazo hacia este plan por parte de un sector de la sociedad vasca, alegando principalmente motivos ecológicos y su radical negativa a las expropiaciones, pero también la existencia de oscuros intereses políticos orquestados desde el gobierno central, quedó inicialmente expuesto a través de una inane lucha de siglas. El término AVE, acrónimo de la Alta Velocidad Española, adoptó el nombre de TAV (Tren de Alta Velocidad) —en euskera, AHT (Abiadura Handiko Trena)—, eludiendo así cualquier referencia a “lo español”, pero que, finalmente y para no herir susceptibilidades, acabaría bautizándose políticamente como “Y” vasca, grafismo resultante de unir sobre el mapa las ciudades de Vitoria, Bilbao y San Sebastián. La organización terrorista ETA —y seguimos con las siglas— no tardó en subirse al carro reivindicativo en representación de los ciudadanos vascos disconformes con este trazado, y comenzó a alentar y ejecutar diversos actos de extorsión y sabotaje contra las empresas contratadas, ocasionando numerosos retrasos y daños, tanto materiales como personales, y culminando con el asesinato de un empresario guipuzcoano en diciembre de 2008. La llegada del socialista Patxi López a la Lehendakaritza en 2009, tras aliarse con los populares vascos para arrebatar al PNV su hegemonía por primera vez en décadas, recrudeció aún más la confrontación, intensificando los actos de kale borroka que protagonizaron, durante los años noventa y hasta bien entrado el nuevo milenio, grupos de jóvenes simpatizantes con la izquierda abertzale.

Y aquí es donde entra en acción la ANE del título, escrito así, con mayúsculas, tal y como aparece en el cartel de la película, lo que, en cierto modo, viene a anular la individualidad innata del nombre propio para convertirlo en la mera representación de un colectivo bajo unas determinadas siglas. Por lo tanto, ANE es, por un lado, una joven vasca sin atributos —de hecho, cualquier joven vasca a punto de alcanzar la mayoría de edad para convertirse en miembro activo de la vida política de su comunidad—, pero, por otro, es Ane (Jone Laspiur), hija de Lide (Patricia López Arnaiz) y Fernando (Mikel Losada), estudiante aficionada a grabar y editar videos y que, a sus diecisiete años, ya tiene claro que tras el Bachillerato estudiará Comunicación Audiovisual. Sin embargo, una madrugada, cuando su madre vuelve al hogar tras una complicada noche de trabajo como guardia de seguridad en una de las empresas que participan en la construcción de la Y vasca, descubre que Ane no ha dormido en casa. En la pared, junto a la puerta de su habitación, el papel pintado exhibe un desgarrón que, como una herida abierta, recuerda la bronca previa a la partida de Lide. Como muchos otros vecinos del barrio, Ane se manifiesta abiertamente en contra de las expropiaciones y piensa que su madre es una traidora a la causa. Por el contrario, Lide, una madre posiblemente demasiado joven (y por lo que parece, tan rebelde durante la etapa estudiantil como su heredera), que ha debido madurar a la fuerza para sacar adelante a su niña, no se encuentra en situación de jugarse el pan por las políticas beligerantes de aquellos a quienes, en el fondo, les trae sin cuidado la dignidad o el bienestar del ciudadano anónimo. Adicta a las bebidas energéticas —sin duda para mantener activo su mal genio y un permanente estado de autodefensa—, Lide acude a regañadientes a su exmarido Fernando, ahora desempleado e instalado en la casa materna, para que la ayude a localizar a Ane. La búsqueda abre los ojos de estos padres desorientados que, por fin, tras diecisiete años de ceguera, comienzan a descubrir quién es realmente su hija. Reproches bilaterales se alternan con atropelladas entrevistas a las amistades de Ane en este enjuto y lacerante retrato, a veces vestido como un thriller doméstico, que David Pérez Sañudo, guionista (junto a Marina Parés) y director del film, elabora sobre una familia desestructurada de clase media baja. Un retrato tan tremendamente actual como verosímil en su crudeza.

En la elaboración de este incómodo retrato-de-familia-con-fondo-de-kale-borroka, el realizador se beneficia de un elenco de actores poco conocidos pero enormemente creíbles, donde destaca, con mayúscula contundencia, una Patricia López Arnaiz en estado de gracia, a quien, merecidamente, durante el último año se le han amontonado los premios por su interpretación como madre de Ane. ¿Qué no se ha dicho ya sobre los planos de Lide desayunando y que, a modo de imagen especular, abren y cierran el film? De hecho, más allá del título, Lide es la auténtica protagonista, motor y gasolina de esta historia en la que Ane aparece, más que como un personaje, como una losa, una responsabilidad adquirida que vampiriza la vida de su madre hasta convertirla en drogodependiente de su propia hija. Pero no solo las actuaciones revalorizan esta película, pues Pérez Sañudo demuestra en su ópera prima un dominio expresivo de la estética cinematográfica bastante infrecuente por estos lares. Su cámara, sigilosa, parece colarse en la intimidad de los hogares de los protagonistas, permitiéndonos ver sin ser vitos, aprovechando encuadres, reflejos y un sutil empleo del color para expresar tensiones y emociones; aquello que no se dice y tampoco está escrito, pero que el espectador siente en lo más hondo. De ese modo, más allá de las (excelentes) interpretaciones y del (sobrio y ajustado) guion, la inteligencia y sensibilidad que aplica Sañudo a la puesta en escena le convierten en una rara avis de nuestro cine, y permiten vislumbrar en este joven bilbaíno toda una promesa de futuro para el cine español.

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