Miradas de Cine II

Mapa de los sonidos de Tokio

Quizá fue demasiado tarde desde el principio



Directora: Isabel Coixet

Guión: Isabel Coixet

Fotografía: Jean-Claude Larrieu

Montaje: Irene Blecua

Diseño de Producción: Ryo Sugimoto

Vestuario: Tony Crosby

Sonido: Aitor Berenguer, Fabiola Ordoyo y Marc Orts

Producción Ejecutiva: Javier Méndez

Productor: Jaume Roures

Intérpretes: Rinko Kikuchi, Sergi López, Min Tanaka, Takeo Nakahara, Manabu Oshio, Hideo Sakaki, Kosuke Hishinuma, Jun Matso


Idioma (VOSE): Japonés e inglés

Duración: 103'

Sesión 08.03.22

Tokio, época actual. En una peculiar cena de negocios, en la que un grupo de groseros clientes occidentales comen sushi sobre el cuerpo de mujeres desnudas, el asqueado empresario Nagara-san (Tadeo Nakahara) recibe la devastadora noticia del suicidio de su hija Midori. El padre siempre ha rechazado y despreciado al novio de la chica, David (Sergi López), un español que regenta una tienda de vinos en Tokio. Nagara indica a su secretario Isoza (Hideo Sakaki) que no concibe un mundo en el que Midori esté muerta y David siga vivo… Paralelamente, un Narrador (Min Tanaka) nos cuenta lo que sabe de la historia de Ryu (Rinko Kikuchi), una hermética chica que trabaja en el mercado de pescado de Tsukiji. El hombre, ingeniero de sonido, se dedica a grabar y coleccionar toda clase de sonidos para radio, televisión y películas. Conoció a Ryu en un bar de ramen y le pidió permiso para grabar su sonido al sorber la sopa. Se ha convertido en su único amigo, obsesionado por saber quién es ella. Evidentemente, el Narrador está enamorado de Ryu, pero nunca podrá tener más que sus sonidos… La otra vida de Ryu, y un encargo de Nagara a través de Isoza, pondrá a la joven en relación con David…

El aspecto más fascinante de la película es que no hay explicaciones, o muy pocas. Los silencios, lo que no se sabe o no se dice, los rituales, son tan importantes o más que los diálogos, y eso supone, en cierto modo, un acercamiento profundo al cine japonés. Para empezar, tenemos un “narrador” que dista de ser omnisciente, y que no está presente ni puede conocer gran parte de lo que sucede en la historia, aunque grabe y escuche obsesivamente los sonidos y palabras de Ryu. Para el ingeniero, atrapar sus sonidos es la única forma que tiene de “poseerla”. Como dice Coixet, se trata de un personaje que vive a través de la vida de los otros. Pero, ¿cuánto sabe realmente el Narrador sobre la joven? A veces, parece que sabemos más nosotros: él dice no conocer la razón de las visitas de Ryu a ciertas tumbas en los cementerios, nosotros vemos unos rápidos flashbacks que nos explican el motivo, y también el origen del dolor y la culpa de Ryu. Para el Narrador, al igual que para nosotros, la doble vida de Ryu es un misterio, que a la vez desafía nuestra incredulidad. Yo no conozco bien el convenio colectivo de asesinos a sueldo, pero pensaba que ganarían lo suficiente como para no necesitar otro trabajo, y menos uno tan penoso y desagradable como limpiar y cortar pescado de madrugada… Sabemos que este trabajo en el mercado es la forma que tiene Ryu para no pensar, y podemos suponer el motivo de esa penitencia, es una mujer torturada, no una frívola Villanelle (Killing Eve). Es inevitable recordar a la Hanna de La vida secreta de las palabras: ambas guardan un secreto, realizan trabajos alienantes en los que pueden desconectarse y no pensar, donde no hablan ni se relacionan con nadie (las escenas del vestuario de la factoría son similares en ambos filmes).

El otro misterio del film es la relación entre David y Ryu. Por un lado, nos cuesta entender que ella llegue a lo que llega por él, que como latin lover resulta bastante imperfecto. Y, además, por sincero o egocéntrico, él no oculta su deseo de utilizar a Ryu, a la manera de Vértigo, para traer a su novia Midori de entre los muertos. Nos resultan incómodas las escenas en las que él obliga a Ryu a reproducir lo que hacía con Midori, aunque luego ella finja asumirlo sin darle mucha importancia (“hemos follado porque echabas de menos a tu novia”). Pero uno de los temas centrales en el cine de Isabel Coixet es siempre ese abismo entre lo que se dice y lo que se piensa, y entre esto y lo que se siente, sin saberlo. ¿Cómo se puede ser sincero, si uno no sabe realmente lo que siente?

Tokio es un personaje esencial de la película. Desde la trama de ríos y puentes, hasta el mercado de pescado, los restaurantes populares de ramen, los cementerios, las luces nocturnas, todas esas imágenes (y sonidos), tan fascinantes como extraños e impenetrables, forman parte inseparable del clima de la historia. Con sus elementos desconcertantes: las performances de besos o gritos en una plaza, la persona-planta que aparece un par de veces, la autoescuela que divisa Ryu desde su ventana, los hoteles del amor, o esa práctica decadente de comer sushi sobre el cuerpo de mujeres desnudas (que a veces se ha negado, pero que Coixet afirma que existe y ha visto). Y los rituales, como cuando las mujeres del restaurante y Ryu en el mercado se quitan el olor a pescado frotándose la piel con limones (escenas que Coixet señala como homenajes a Atlantic City de Louis Malle, donde Susan Sarandon hacía lo mismo). Si la comida y los vinos están casi siempre presentes en las películas de la directora, en ésta son esenciales: el ramen (con los ruidos al sorber y las gotas que empapan la camisa), los mochis de fresa que adora Ryu. Los vinos españoles que aparecen proceden de Bodegas Torres, y el primer vino que David recomienda a Ryu, un tinto “ligero, pero con cuerpo” es un Grans Muralles.

Queda la posibilidad, o no, de una redención. O la constatación de que, quizá, fue demasido tarde desde el principio.

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