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Director. László Nemes
Intérpretes. Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz.
107 minutos

Húngaro y alemán (VOSE)



PORTADORES DEL SECRETO

Cada vez que aparece una nueva obra, literaria o cinematográfica, que relate los horrores del Holocausto, retumba el eco de aquella admonición de Theodor Adorno sobre la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz. Realmente, después de Auschwitz urge más que nunca escribir poesía, aunque hay que reconocer que no son pocos los autores e intelectuales que han criticado o cuestionado el tratamiento que el cine le daba a la Shoá; el más destacado de entre todos ellos ha sido Claude Lanzman, que reclamaba la necesidad de narrarla de una manera diferente. La película de hoy ha conseguido convencer a los más refractarios y, además, sacar a la luz a las víctimas más desprotegidas de este episodio de la Historia, aquellas que –en palabras de Primo Levi- habitaban “la zona gris”.

Se les conocía como Sonderkommando, eran prisioneros de los campos de exterminio que tenían por encargo limpiar de cadáveres las cámaras de gas, trasladando posteriormente los cuerpos a los hornos crematorios. Recibían a los recién llegados, les conducían hacia las supuestas duchas, les ayudaban a desnudarse y se convertían en el último rostro que veían antes de que se cerraran las puertas tras de ellos y el Zyklon-B hiciese su trabajo. Sobre sus cabezas pesaba el más terrible de los encargos, eran lo que los nazis llamaban Geheimnisträger: “portadores del secreto”. Hablar de complicidad en el genocidio supondría una injusticia imperdonable, eran esclavos condenados a trabajar en la máquina del exterminio hasta que, pasados unos meses, fuesen ejecutados y sustituidos por otros. Mientras esperaban la llegada de ese momento, no serían más que cadáveres en vida, privados del único consuelo que les podía quedar: el consuelo de sentirse inocentes.

Saúl es un sonderkommando en Auschwitz-Birkenau, la mayor y más perfecta máquina de horror y de muerte que ha fabricado el hombre. Su vida transcurre en un deambular catatónico, cumpliendo el encargo de conducir al crematorio a todos los recién llegados. Lleva en su espalda pintada una cruz roja que lo identifica como uno de los portadores del secreto, un secreto que no puede salir de sus labios para prevenir a los pobres infortunados que descienden de los trenes de la muerte. Esa marca roja también funciona como una diana para las SS, en el caso de que intenten huir. Un día, después de una sesión de gaseado, mientras desalojaban lo que en su jerga ellos llaman “piezas” o “trozos”, -y nosotros denominaríamos cadáveres- Saúl contempla como un joven muchacho (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


José María Arroyo Oliveros

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