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Director. Kenneth Branagh
Intérpretes. Kenneth Branagh, Julie Christie, Billy Crystal, Gerard Depardieu, Charlton Heston, Derek Jacobi, Jack Lemmon, Rufus Sewell, Robin Williams, Kate Winslet, Michael Maloney, Richard Briers, Nicholas Farrell, Brian Blessed, John Gielgud, Judi Dench, Rosemary Harris, Richard Attenborough, Timothy Spall, Reece Dinsdale, John Mills, Simon Russell Beale, Ian Mcelhinney.
240 minutos

Inglés



“SER O NO SER”

Hamlet (1996) no sólo es la película más ambiciosa de la carrera de Kenneth Branagh (hasta el momento), sino también la película shakespeariana más audaz jamás realizada. Y, aunque del futuro nada se sabe, me atrevería a decir que lo va a seguir siendo durante bastante tiempo.

Esta vez nos podemos ahorrar la sinopsis. El argumento es el de la obra, y emplearán mejor su tiempo leyendo a Shakespeare que leyéndome a mí. El Hamlet de Kenneth Branagh supera cualquier adaptación anterior (y posterior, hasta ahora), no sólo porque ofrece, por primera (y por ahora única) vez, el texto completo de la obra, sino porque es una auténtica obra maestra cinematográfica: una película total y apasionante, de inagotable riqueza visual y sonora. Aunque posiblemente sea la película con más palabras de la historia (¡y qué palabras!), también es una obra tremendamente visual y dinámica.

Rodeado por un reparto de lujo (más detalles en el cuerpo del artículo), Branagh ofrece una memorable creación del protagonista, llena de energía: “Nuestro Hamlet no está presentado como un hombre predispuesto a la melancolía; su carácter habitual, descrito frecuentemente en la obra, es vibrante, curioso, positivo”. El actor y director dio la vuelta a todas las convenciones sobre Hamlet, que durante décadas se habían centrado en la melancolía y la duda, presentando un mundo oscuro, lóbrego y sombrío, y un Hamlet dubitativo, moroso y pasivo, con complejo de Edipo. El Hamlet de Branagh no es depresivo por naturaleza, es un príncipe inteligente, agudo, polifacético, vibrante. Su carácter es reflexivo, pero también dinámico y animado, con sentido del humor. Su melancolía es una reacción (comprensible) a la muerte de su padre y al precipitado matrimonio de su madre, no un vicio de su carácter. Luego, cuando descubre el asesinato de su padre por su tío, está movido por la venganza. No está loco, su locura es fingida.

La escrupulosa fidelidad al texto no impide algunas licencias. Así, las imágenes hacen explícita en un flashback la relación sexual entre Hamlet y Ophelia, que se supone, pero no se confirma expresamente en la obra (una vez le preguntaron a Laurence Olivier si Hamlet y Ophelia habían sido amantes, y el respondió: “En mi compañía, siempre”). En otro conmovedor flashback, podemos ver a Yorick divirtiendo a la familia real, lo que hace aún más estremecedor contemplar su calavera (“Alas, poor Yorick…”). También inserta varias imágenes de Fortinbras, cada vez que se habla de él, para hacer más palpable y real su amenaza. Pero la principal audacia de Branagh ha sido trasladar la época de la acción al siglo XIX, una época lo bastante lejana para que el lenguaje de Shakespeare no chirríe, pero lo bastante próxima para que resuene para un público moderno. Esto resulta un acierto indudable, porque nos acerca la obra y permite darle un tratamiento visual completamente nuevo. (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


Roberto González Miguel

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