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Director.Christian Vincent
Intérpretes.Fabrice Luchini, Sidse Babett Knudsen, Miss Ming, Berenice Sand, Claire Assali, Floriane Potiez, Corinne Masiero
98 minutos

Francés (VOSE)



BELLAS, DESCONOCIDAS Y FUGACES

“Quiero dedicar este poema a todas las mujeres que amamos durante algunos instantes secretos, a las que conocemos apenas, a las que arrastra un destino distinto y que no se vuelven a ver más…”. Con estos versos de Antoine Pol, a los que puso música Georges Brassens en su canción Les passantes, intenta el protagonista de la película transmitir sus sentimientos a la mujer que ama. Lamentablemente, todo quedará en un intento frustrado por culpa de la inconsciente insustancialidad de una adolescente que la acompaña. Nuestro hombre la mira con resignación, la poesía ha dejado de ser un arma cargada de futuro.

Se llama Racine (Fabrice Luchini), al igual que el célebre dramaturgo francés. Pero, salvo esta coincidencia onomástica, la historia de su vida está totalmente alejada de la de los personajes que habitan las atormentadas tragedias del escritor francés. Nuestro Racine es un respetable magistrado de provincias, presidente de la Sala de lo Penal. Toda su vida la ha entregado al cumplimiento y servicio de la Ley, fuera de ese territorio no ha querido aventurarse nunca. Esta entregada e implacable minuciosidad, que viste con la misma exquisita y educada antipatía con la que se envuelve en su toga de armiño para presidir los juicios, no le ha granjeado ningún cariño entre sus colegas y subordinados. El juez de las dos cifras, lo llaman, en referencia a que nadie que haya pasado por su tribunal ha recibido una condena inferior a los diez años. Su mujer, también le abandonó, o mejor dicho, le obligó a que abandonase él la casa, de la que ella era dueña. Ahora vive solo en una habitación de hotel, volcado en la lectura de los sumarios y providencias judiciales que tiene a su cargo. Toda la vida de nuestro ilustre togado seguiría transcurriendo en su predecible rutina si no fuese porque una mañana, a la hora de constituir un jurado popular, volvió a ver a Ditte (Sidse Babett Knudsen). La primera vez que la conoció fue hace unos años, a causa de una operación de cadera. Ella era la anestesista responsable de cuidados paliativos y él, atormentado por el dolor del postoperatorio, vio en la ternura con la que le cogía de la mano y le sonreía, lo más parecido a una visión celestial. A ello, sin duda, también colaboraron las altas dosis de morfina que se le administraban. Cuando Racine fue dado de alta intentó trasmitirle sus sentimientos a Ditte, pero ella fingió interpretar ese aprecio hacia su persona como un gesto de gratitud. (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


José María Arroyo Oliveros

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