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Director. Pablo Trapero
Intérpretes. Guillermo Francella, Peter Lanzani, Inés Popovich, Gastón Cocchiarale, Giselle Motta, Franco Masini, Antonia Bengoechea, Gabo Correa.
110 minutos

Castellano



LA ENFERMEDAD COMO SÍNTOMA

Las lecturas que provoca una película en el espectador, al igual que los caminos del Señor, son inescrutables. En lo primero que pensé cuando vi El clan fue en la vida de Henri Désiré Landru, el primer gran asesino en serie del siglo veinte. Eliminó a más de una decena de mujeres, mientras Europa se desangraba cruelmente en su primera Gran Guerra. Sus “hazañas” dieron lugar a varios films, y entre ellos una película injustamente postergada con el paso del tiempo: Monsieur Verdoux, de Charles Chaplin. Con frecuencia los acontecimientos nos mandan terribles mensajes que a veces interpretamos como el mal en sí mismo, sin caer en la cuenta de que no es más que una enfermedad que anuncia la existencia de otra aún peor.

Argentina, llegado el año 1982, estaba a punto de salir de una de las dictaduras más crueles del Cono Sur. Miles de desaparecidos, centros de detención, tortura y secuestros. Todo esto lo conocemos por las investigaciones y los testimonios de supervivientes, prolijamente documentados en el informe Nunca más, coordinado por Ernesto Sábato y que, en la película de hoy, se presenta como un oportuno prólogo para situar al espectador. En este caldo primordial se produjo el nacimiento del clan Puccio, o para ser más preciso, del pater familiae del mismo: Arquímedes Puccio. Nuestro hombre era un pequeño burócrata con formación jurídica y contable que fue pasando por los distintos estratos del poder en Argentina hasta terminar recalando en el Batallón de Inteligencia 601, en esta siniestra unidad demostraría una gran eficiencia y meticulosidad en sus labores de coordinación y gestión de secuestros de potenciales “enemigos de la patria”. Arquímedes era el hombrecillo que consagraba a la perfección las teorías de Hannah Arendt sobre la banalización del mal. Con la derrota en la Guerra de las Malvinas, comprendió que era la hora de los emprendedores. Tenía una gran experiencia en organizar secuestros por encargo de sus superiores y ahora era el momento de demostrar que la iniciativa privada supera en eficiencia y rentabilidad a la gestión pública. Como dijo un personaje de la reivindicable Robocop de Paul Verhoeven: “Los buenos negocios están donde se encuentran” Arquímedes supo ver muy claro esto, y en una carta dirigida a un colaborador le comentó que tenía entre las manos la posibilidad de crear “una industria sin chimenea y con poca mano de obra”. Considerando que la mejor forma de evitar riesgos y pérdidas era reducir al mínimo el tiempo de duración del stock en su empresa, comprendió claramente y desde el primer momento que, una vez cobrado el rescate, el único destino de los secuestrados era una fosa de tierra. Esto viene a ser lo que en las modernas escuelas de negocios se entiende como un empresario ultraliberal, un tanto pasado de frenada.(...)


AMPLIAR (Revista nº23)


José María Arroyo Oliveros

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