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Director. John Crowley
Intérpretes. Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Julie Walters, Jim Broadbent, Michael Zegen, Mary O’Driscoll, Eileen O’Higgins, Emily Bett Rickards, Aine Ni Mhuiri.
111 minutos

Inglés



DECISIONES

Desde que en 1892 una adolescente irlandesa llamada Annie Moore franqueara por primera vez sus puertas, la Isla de Ellis ha sido el pedazo de tierra más glosado por toda la cinematografía y literatura norteamericana. Gentes procedentes de los confines más lejanos del mundo descendían de los barcos y formaban interminables colas en sus aduanas, confiando que en el Nuevo Mundo la vida les diese la oportunidad que les negó en su tierra de origen. Nacían de nuevo, e incluso americanizaban su nombre, dejando enterradas en sus aldeas natales las personas que hasta entonces eran.

Eilis Lacey (Saoirse Ronan) también es irlandesa, pero han pasado muchas décadas desde que llegaran los primeros contingentes de inmigrantes de su Irlanda natal. Estamos en 1950, el hambre ya no es la primera motivación para cruzar el Atlántico, pero su país sigue siendo un remanso provinciano y asfixiante, donde nunca pasa nada y que le condena a ser dependienta de una tienda de pueblo el resto de su vida. América sigue siendo el futuro; recuperada de la II Guerra Mundial, está década será la del gran crecimiento económico y social, la consolidación de una mayoritaria clase media, una nueva música y un culto al consumismo. ¡Cómo no soñar con empezar una nueva vida!

A pesar de todo, Eilis tiene miedo. Su hermana Rose le da el empujón definitivo para embarcarse y poder tener un futuro mejor que ella. Le facilitará, por medio de un sacerdote irlandés amigo (Jim Broadbent), una recomendación para trabajar en unos grandes almacenes de Brooklyn y hospedarse en una casa de señoritas. Pasará por el dolor del alejamiento de su tierra natal, como otras antes que ella lo sufrieron. La melancolía es una enfermedad del emigrante que termina por curarse. Así la tranquilizan los que la han padecido:”… las cartas de tus familiares tardarán mucho en llegar al principio, con el tiempo notarás que tardan poco”. La vida de Eilis se irá madurando a partir de un conjunto de decisiones que le lleven al amor, el deseo del retorno o la esperanza. En el fondo, no somos más que el conjunto de decisiones que tomamos.

Brooklyn es lo que podríamos llamar una película bonita. Observará el agudo lector que no he escrito en cursiva ni entrecomillado ese calificativo. Si lo que esperan es un comentario sarcástico y condescendiente por mi parte, están perdiendo el tiempo. Repito: Brooklyn es una película bonita. No hay trampa, es lo que aparenta ser. La factura de la misma y el argumento nos recuerda a las que nuestros padres o abuelos contemplaban en el patio de butacas de los años cincuenta. A pesar de ser la adaptación de un célebre bestseller, John Crowley evita caer prisionero de una novela y, con la valiosísima aportación de Nick Hornby (guion adaptado), le otorga su propia personalidad, manteniendo al mismo tiempo fidelidad al libro. La persona que juzgue Brooklyn como una aproximación acomodaticia y amable al fenómeno de la emigración, se perderá la ocasión de disfrutar de una bella película. El cuidado esteticismo que acompaña a Eilis por el distrito de Brooklyn o por las playas de Coney Island hace que participemos con ella de una nostalgia que nunca fue nuestra. Probablemente, y con la odiosa excepción de la Sra. Byrne (Aine Ni Mhuiri), ningún personaje de esta historia alberga oscuros sentimientos o encierra en su interior rescoldos de doblez o engaño. Hasta el padre Flood se comporta de la forma más opuesta a esos clichés anticlericales que con frecuencia vemos en el cine actual. (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


José María Arroyo Oliveros

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