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Director. Andrew Haigh
Intérpretes. Charlotte Rampling, Tom Courtenay, Geraldine James, Dolly Wells, David Sibley, Sam Alexander, Richard Cunningham, Rufus Wright, Hannah Chalmers, Camille Ucan.
93 minutos

Inglés (VOSE)



ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA A MANDERLEY

Katya ha vuelto. Después de medio siglo enterrada entre los hielos de un glaciar suizo, ha salido a la luz, y con ella todo un mundo de posibilidades que se truncaron con su muerte. Da la impresión de que todo lo vivido hasta ahora, no fuese otra cosa que un sucedáneo de la auténtica vida que pudo haber sido.

Discúlpenme esta prolepsis narrativa, reconozco que les estoy confundiendo. Esta historia comienza con una pareja de septuagenarios, la semana previa a la celebración de su cuarenta y cinco aniversario de matrimonio. Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) disfrutan de una tranquila existencia en el otoño de sus vidas. Son felices, han aprendido a conocerse el uno al otro en todo ese tiempo. Kate prepara hasta el último detalle los pormenores de esa fiesta, a la que asistirán todos sus amigos y antiguos compañeros de trabajo. En su día no pudieron celebrar los cuarenta años por culpa de una operación de bypass a la que se sometió su marido, posponiendo el festejo para el siguiente lustro. En el pequeño y apacible pueblo del condado del Norfolk se espera con impaciencia y curiosidad dicha celebración.

El lunes de esa semana un terremoto sacudirá los cimientos de su hogar, a pesar de encontrarse el epicentro en el corazón de los Alpes. Geoff recibe una carta de Suiza notificándole que Katya, una antigua novia de él, ha aparecido congelada entre los diáfanos e impenetrables hielos de un glaciar. Allí murió, quedando enterrada, mucho tiempo atrás, a raíz de una excursión por los Alpes que realizará con Geoff y que terminó de forma trágica. Todo esto ocurrió años antes de que éste conociera a su actual esposa. El cadáver aún no puede ser rescatado de ese ataúd transparente pero, dado el perfecto estado de conservación, pueden asegurar con certeza de que se trata de ella. Esta noticia perturba profundamente a Geoff; al dolor de revivir la muerte de un ser amado se une la sensación de imaginarse el rostro de Katya, imperturbable con el paso del tiempo, manteniendo una ilusión de eterna juventud, surgiendo del glaciar dormida como la Ofelia del retrato prerrafaelita. Él, por el contrario, se siente mayor y acabado, deambulando por la vida sin un propósito, recordando con nostalgia sus veinte años perdidos, cuando cada acción o cada aventura tenían un aire de insolencia salvaje. Ahora de todo aquello no queda nada, salvo el deseo de volver a ser joven y sentir lo que una vez sintió.

Kate le comprende, es absurdo reprocharle un romance que él mantuvo en un tiempo en el que ni se conocían. Pero a medida que la presencia de esa desconocida se convierte en una constante en las conversaciones, y que Geoff confiesa sin atisbo de duda que se hubiese casado con Katya de no haber ocurrido esa desgracia, Kate se siente herida, postergada (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


José María Arroyo Oliveros

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